
Sensórica y metrología cuántica en modo #QuantumforGood

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¡Bienvenidos a la revolución de lo invisible! Jorge de la Herrá nos sumerge en las fuentes en un fascinante viaje al mundo a escala subnanométrica, donde los átomos "bailan" y la humildad es la base de todo conocimiento. QuBiz Team, su empresa basada en el ecosistema de Vizcaya, se centra en la "Cenicienta" de las tecnologías cuánticas: la sensórica y metrología.
Su misión fundamental es medir lo que hasta ayer era inmedible, superando la visión tradicional de unos y ceros para adoptar una realidad analógica mucho más precisa. Un reto crítico que abordan es la detección de los "químicos eternos" (PFAS) en el agua, sustancias persistentes y cancerígenas presentes en productos cotidianos. Gracias a su tecnología, es posible identificar una sola molécula contaminante en una piscina olímpica, alcanzando precisiones de partes por trillón.
Para lograrlo, Jorge subraya la necesidad de "desaprender" y formar equipos con superpoderes complementarios que transformen la ciencia teórica en productos con aplicabilidad real. No buscamos una simple evolución, sino una revolución científica para resolver los grandes retos pendientes de la humanidad.
Como analogía para entender la incertidumbre cuántica, Jorge prefiere hablar de platos en lugar de gatos: la materia puede estar en varios estados a la vez, pero es al abrir el estante cuando los platos "colapsan" y vemos si están rotos o intactos.
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Bienvenidos a un nuevo análisis en profundidad. Hoy nos vamos a sumergir en el mundo cuántico.
Un tema denso, ¿eh? Pues sí, pero desde un ángulo que creo que va a sorprender. No, no vamos a hablar solo otra vez de la computación cuántica, que está en todos los titulares.
Menos mal.
Nuestra fuente hoy es una charla fascinante de Jorge Rancrespo, que se define a sí mismo, y me encanta, como un joven empresario de 60 años.
Buena definición.
La misión que nos proponemos es desmitificar un poco todo esto. Entender que la cuántica no es de hace dos días, que tiene un siglo de historia. Y vamos a descubrir la parte de la que casi nadie habla.
Y todo parte de una idea que él plantea y que es fundamental.
A ver.
Que para entender la cuántica, a veces la clave no es aprender, sino desaprender.
¿Desaprender? Me gusta, como punto de partida.
Es que es fundamental. Porque la cuántica opera en lo que en la charla se describe como un mundo enano, a una escala subnanométrica.
Donde nuestras reglas no valen.
Exacto. Simplemente dejan de tener sentido. Hay que acercarse con humildad. Varios premios Nobel, gente que ha dedicado su vida a esto, admiten que no pueden explicarla del todo.
Pero ojo, que sea difícil de intuir no quiere decir que sea magia.
Para nada. Es ciencia pura. Y a lo largo de la conversación vamos a tocar conceptos clave como la superposición, el entrelazamiento, para ver cómo se aplican en el mundo real, que es lo interesante.
Perfecto. Y antes de meternos en esos conceptos que suenan casi a ciencia ficción, creo que hay que romper un mito que la charla deja clarísimo desde el minuto uno.
A ver.
Y es que, sin darnos cuenta, ya vivimos rodeados de tecnología cuántica. Esta es la llamada primera revolución cuántica. Y ya ha sucedido.
Completamente. No es una promesa de futuro. Es la base de nuestra sociedad tecnológica de hoy.
Dan ejemplos muy claros.
Sí. El primero, los transistores. Los miles de millones que hay en el móvil o el ordenador desde el que nos escuchan funcionan por la mecánica cuántica de los semiconductores.
Sin cuántica no hay era digital.
Cero.
El láser es otro ejemplo que se menciona. Desde una operación de miopía hasta, bueno, algo más prosaico como las multas de trágico.
Que nos ponen con una precisión milimétrica, sí. O las resonancias magnéticas en los hospitales. Ese tubo gigante. Todo eso es la primera revolución.
Vale. Entonces, si eso ya ocurrió, ¿dónde estamos ahora? Pues estamos de lleno en la segunda revolución cuántica. Y para explicarla, el ponente usa una analogía muy, muy visual.
Me encantan las analogías.
Habla del flamenco cuántico y sus tres palos. O ramas.
Un flamenco cuántico. Suena bien. Pues vámonos con el primer palo, el que se lleva todos los focos.
El primero, y el más mediático, es la computación cuántica. Es del que todo mundo habla. Se menciona, por ejemplo, el ordenador cuántico de IBM en Donosti.
¡Ah, sí! Pero aquí la charla nos da un buen baño de realidad. Cita a un matemático que dice textualmente «un ordenador cuántico no funciona y punto».
¡Ostras! No funciona y punto. Eso es muy contundente, ¿no? Con las millonadas que se están invirtiendo.
Es muy directo. Pero, a ver, no se refiere a que no hagan nada. Se refiere a que no funcionan para lo que la gente se imagina, como navegar por Internet.
Entiendo.
Son máquinas de laboratorio, increíblemente complejas, delicadas, que resuelvan problemas muy, muy específicos, casi académicos. La idea de que sustituyan a nuestro portátil es, vamos, ciencia ficción por ahora.
¿Y cuáles son esos problemas? Pues tienen problemas enormes de control de errores, la de coherencia y, sobre todo, necesitan operar a temperaturas criogénicas.
O sea, un frío extremo.
Más frías que el espacio profundo. El ordenador en sí gasta poco, pero el sistema para mantenerlo congelado consume una auténtica barbaridad. Es una promesa sí, pero a largo plazo.
Entendido. Es el palo más ruidoso, pero no el que da frutos ahora mismo. ¿Cuál es el segundo? El segundo son las comunicaciones cuánticas. Y aquí sí que hay avances mucho más prácticos, más tangibles.
Vale. Salimos del laboratorio, por así decirlo.
Exacto. Se centra en dos áreas. La primera es la seguridad, lo que se llama QKD, o distribución cuántica de claves.
¿Y cómo funciona? ¿Qué lo hace más seguro que la encriptación que usamos todos los días? Pues es fascinante, porque aprovecha un principio básico de la cuántica. Si observas un sistema cuántico, lo alteras.
El famoso efecto del observador.
Eso es. Imagina que envías una clave de encriptación bit a bit, y cada bit viaja en el estado de un fotón. Si un hacker intenta mirar ese fotón, para copiar la clave… ¿Lo rompe? Exacto. Cambia su estado. El simple hecho de mirarlo. Así que el receptor, al ver que llegan partículas alteradas, sabe al instante que la línea ha sido comprometida.
El espionaje deja una huella en los ojos.


















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