
Silencio y rechazo a los migrantes en los pequeños pueblos
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Esta investigación analiza cómo los gobiernos de micropueblos catalanes perciben la inmigración internacional como una herramienta para combatir la despoblación rural y fomentar la sostenibilidad. Los autores utilizan entrevistas cualitativas para examinar los desafíos demográficos en municipios de menos de 500 habitantes, donde el envejecimiento amenaza la continuidad de la vida comunitaria. La investigación destaca una tipología de actitudes políticas que varía desde la acogida activa y la búsqueda de nuevos residentes hasta posturas de neutralidad o rechazo explícito.
Morén-Alegret, R., Oso, L., y Mojica Gasol, L. (2026). ¿Ser municipio acogedor (de inmigrantes) o no ser(lo)? Actitudes ante la inmigración rural en gobiernos de micropueblos catalanes. Revista Española de Sociología, 35(1), a285. https://doi.org/10.22325/fes/res.2026.285
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Hoy vamos a meternos en una de esas paradojas que definen un territorio. Hablamos de Cataluña y de sus micropueblos.
Esos municipios de menos de 500 habitantes, ¿no? Exacto. Ocupan más de un tercio de la superficie, que es una pasada, pero es que en ellos vive menos del 2% de la población.
Un desequilibrio brutal. Y claro, la pregunta es cómo luchan contra eso, contra la despoblación, el envejecimiento.
Pues justo para analizar eso, nos hemos basado en un estudio súper interesante de la revista española de sociología.
Ah, sí, el de Ricard Morén-Alegret, Laura Oso y Laia Mojica Gasol. Es muy bueno.
Es que lo que hacen es clave. Bajan al terreno y hablan directamente con los alcaldes y alcaldesas.
Con los que están ahí, día a día.
Unas categorías con nombres muy curiosos, ¿eh? Sí, mezclando inglés y sociología.
La primera es la más optimista. La llaman Will or Evadie. O sea, un bienvenidos a todos.
Suena casi a utopía.
Totalmente. Y lo ilustran con un caso real de un exalcalde en los años 80 que fue un visionario.
¿Qué hizo? Pues para atraer familias jóvenes, impulsó exenciones fiscales del 90% para construir una primera vivienda. Y bueno, hasta creó empleo público. Una política de puertas abiertas total.
Vaya, eso hoy sería impensable. Una apuesta tan generosa. Imagino que no es lo más común.
Que va para nada. De hecho, choca de frente con la siguiente categoría, que es mucho más pragmática. La Wilson, o acogida selectiva.
¿Selectiva? O sea, que aquí ya hay un filtro.
Y tanto que lo hay. Es casi como un proceso de selección de personal. Una alcaldesa lo dice clarísimo en el estudio. Dice algo como… que venga gente que realmente valora lo que quiere decir vivir aquí.
No quieren salvar el pueblo a cualquier precio, entiendo.
Exacto. Buscan gente con ahorros, con un proyecto claro, emprendedores. Quieren asegurarse de que quien llegue sume. Es una visión mucho más calculadora, ¿no? Sí, sí, desde luego. Pasamos del idealismo al pragmatismo puro y duro. Pero bueno, entre acoger a todos y seleccionar, hay grises.
Claro. El estudio identifica dos actitudes pasivas que son muy interesantes. Una es la Wellpass, acogida pasiva.
¿Y esa a dónde se da? Sobre todo en zonas muy turísticas. Piensa en pueblos con estaciones de esquí. La población rota mucho, hay segundas residencias… y el ayuntamiento, pues ni pincha ni corta.
No interviene. El mercado manda.
Vale, lo pillo. ¿Y la otra actitud pasiva? La llaman NeoAT. Actitud neutral. Es típica de pueblos que atraen a jubilados extranjeros con pasta.
Ah, claro. Por el clima, la tranquilidad… Eso es. Compran casas, viven aquí parte del año… pero el ayuntamiento tampoco hace nada para atraerlos. Son un motor económico que llega solo.
Vale. Tenemos a los proactivos, a los selectivos y a los pasivos. Pero nos falta la cara más oscura del asunto. El rechazo.
Aquí es donde la cosa se pone compleja. La última categoría es Reject New. Rechazo a los recién llegados. Y ojo, que este rechazo a veces es muy sutil.
Se disfraza, ¿no? A menudo se esconde detrás de la frase «queremos mantener el encanto del pueblo».
Una frase que hemos oído mil veces. Pero que puede ser un código para «no queremos que nada cambie». Y eso, al final, lleva a la gentrificación. Suben los precios y se expulsa a la gente local.
Exactamente. Pero es que el estudio va más allá. Conecta este sentimiento con algo muy actual. La aparición de partidos con programas anti-inmigración en las elecciones municipales de 2023.
O sea, que el rechazo ya no es solo una actitud, sino que se ha convertido en una opción política explícita en algunos sitios.
Justo. Ha encontrado su voz política.
Entonces, ¿de qué depende que un pueblo sea más abierto o más cerrado? ¿De la ideología, del carácter de la gente? Pues según los autores, al final todo se reduce a dos cosas. La economía y la geografía.
La regla general es que cuanto más remoto y deprimido está un pueblo, más abierto es.
La necesidad aprieta.
Claro. Y al revés, los pueblos más cercanos a las grandes ciudades, con economías más fuertes, tienden a ser más neutrales o incluso a rechazar más crecimiento.
Tiene toda la lógica del mundo, la verdad.
Y para terminar, los autores dejan una pregunta en el aire. Una reflexión que conecta todo esto con la alta política.
A ver.
Sugieren que sería muy interesante investigar si la percepción de la despoblación cambia según la afinidad política del alcalde con, bueno, con el gobierno autonómico o el central.
¡Ostras! ¿Estás diciendo que la despoblación podría ser un arma política? ¿O un problema que a algunos les conviene que no se solucione del todo para poder criticar al de arriba? Precisamente. ¿Se gestiona igual si un alcalde tiene línea directa con quien reparte los fondos en Barcelona o en Madrid? Es una idea potentísima. Nos recuerda que la supervivencia de un pueblo es un problema.
















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