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Snow y el misterio del cólera

Snow y el misterio del cólera

8/14/2026 · 52:26
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La ContraCrónica
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El padre de la epidemiología fue un médico británico llamado John Snow. Nació en York en 1813, en el seno de una familia humilde, y tras aprender el oficio a la manera tradicional en Newcastle, viajo a Londres a pie en 1836 para formarse como médico. Antes de pasar a la historia por el cólera, se ganó un nombre como anestesista. Estudió con rigor matemático el éter y el cloroformo, diseñó inhaladores bien calibrados y llegó a administrar cloroformo a la reina Victoria en el parto del príncipe Leopoldo en 1853, lo que legitimó de golpe la anestesia obstétrica frente a los escrúpulos religiosos que eran muy comunes en la época.

Pero su gran obra fue otra. En una época dominada por la teoría del miasma, según la cual las epidemias se transmitían por el aire corrompido, Snow estaba convencido de que el cólera viajaba en el agua contaminada por las heces de los enfermos. Hizo primero un razonamiento clínico constatando que la enfermedad afectaba primero al intestino y no a los pulmones. La prueba sobre el terreno la obtuvo en 1854, cuando un brote fulminante mató a más de 600 personas en el Soho londinense. Snow recorrió las calles casa por casa, anotó las muertes y trazó un mapa que las concentraba alrededor de una fuente de agua en Broad Street. Convenció a las autoridades para retirar la manija del surtidor, algo que se ha convertido en todo un símbolo de la medicina.

Reforzó la investigación en Broad street con un experimento a gran escala al sur del Támesis, donde comparó la mortalidad según la compañía que suministraba el agua. Murió en 1858, a los 45 años, fue enterrado de forma muy discreta, casi sin honores, y hasta ridiculizado por defender que el mal olor no mataba. Décadas después, Pasteur y Koch le dieron la razón.

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cólera snow
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Alfonso quiere una contrahistoria a la carta biográfica de la biografía de un médico británico de la primera mitad del siglo XIX. Un médico británico que es bastante desconocido, al menos para el gran público, pero que en su momento hizo algunas cosas realmente importantes para la medicina y más concretamente para la epidemiología. Es de hecho el padre de la epidemiología tal y como la conocemos. Este médico era Jon Snow, provenía del norte de Inglaterra, pero por lo que se le recuerda es por lo que hizo en Londres cuando se trasladó a vivir allí. Bien, vamos a escuchar primero a Alfonso, que nos presenta al personaje, un personaje muy interesante, y luego yo os cuento ya a la vuelta el resto. Buenas tardes, Fernando. Soy Alfonso, vivo en Madrid. Quería proponerte un contracorte. Se trata de un contracorte sobre el primer epidemiólogo de la historia, un hombre llamado John Snow, que básicamente estudió la primera epidemia de cólera del año 1854 en Londres.

Fue el primer médico que empezó a hacer planos y mapas sobre la cantidad de infectados por barrios, estudiarlo. y empezó y descubrió que la cólera se infectaba a través del agua de los pozos y como también aparte no le tomaron en serio y murió también durante esa epidemia. Muchas gracias. Pues sí, efectivamente, Alfonso, Jon Snow hizo una serie de aportes a la epidemiología que, aunque hoy son cosas que nos parecen de cajón, en su momento resultaron muy novedosas, muy revolucionarias. Para entenderlo y para entender a Jon Snow, concretamente en la parte de su vida en la que haya vivido en Londres, hay que trasladarse mentalmente a Londres, que él conoció a Londres de mediados del siglo XIX. Era la ciudad más poblada del planeta. También seguramente una de las más pestilentes, la capital de un imperio sobre el que no se ponía el sol, el imperio británico estaba creciendo año tras año en aquella época, era el centro financiero del mundo, el taller de la primera revolución industrial, era una urbe que crecía a un ritmo desproporcionado, un ritmo que ningún gobierno había contemplado jamás.

Y en apenas medio siglo, porque Londres ya venía a ser grande en el siglo XVIII, Apenas medio siglo había más que duplicado su población, pasó de algo así como un millón de habitantes a en el año 1800, justo en plenas guerras napoleónicas, era una ciudad bastante grande. a unos 2 millones y medio de habitantes en 1850 y la ciudad seguiría creciendo. Estaban estos habitantes apretujados en un laberinto de calles, callejones, patios traseros, edificios que se subdividían hasta el absurdo. En fin, toda aquella multitud de gente que llegaba además, que crecía continuamente, pues hacía lo propio que hacemos los seres humanos. Comían, bebían y defecaba sin que nadie hubiera... pensado en serio que hacer con semejante caudal de desperdicios. El Támesis funcionaba en la práctica como una inmensa cloaca a cielo abierto, por la que discurría la basura y los desechos de toda la ciudad en dirección al mar. Al tratarse de un estuario más que de un río, las mareas lo que hacían era que se llevaban la porquería hacia el mar, hacia el mar del norte, dos veces al día. Pero esa capacidad de autolimpieza del Támesis que otros ríos no lo tienen, ya sea porque les falta caudal o porque no tienen esa marea que entra hasta la misma ciudad.

Esa es la razón cualquiera que conozca Londres por la que el río, dependiendo a la hora que lo miremos, está más alto o está más bajo. Bien, esta autolimpieza del Tamesis tenía un límite. Luego era además otra cosa que tenía Londres. Es que era una ciudad un tanto particular en el año 1840-1850. Tenían todavía un pie en el mundo preindustrial. Y otro pie en el mundo industrial. En aquel Londres de la primera época del reinado de la reina Victoria convivía la máquina de vapor y los primeros ferrocarriles con las supersticiones que venían de tiempos remotos. Convivía el telégrafo que acababa de empezar su recorrido histórico. Convivía con las sangrías que hacían los médicos, como en la Edad Media. La medicina. que en aquel entonces ya es cuando empezó a llamarse propiamente una ciencia, seguía anclada en buena medida en ideas heredadas de la antigüedad. Los médicos, a mediados del siglo XIX, en Londres, todavía purgaban, sajaban a los enfermos, aplicaban sanguijuelas y recitaban mercurio con una seguridad y un aplomo que hoy nos pone los pelos de punta. Vamos, nadie había visto un microbio actuar sobre un enfermo, entre otras cosas porque nadie sabía que los

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