
El susurrador en la oscuridad (2) H. P. Lovecraft - Audiolibro con voz humana real

Description of El susurrador en la oscuridad (2) H. P. Lovecraft - Audiolibro con voz humana real
Bienvenido al Capítulo 2 de “El que susurra en la oscuridad” de H. P. Lovecraft, narrado en un audiolibro dramatizado con voz humana y sonido envolvente.
Albert Wilmarth recibe cartas de Henry Akeley, quien afirma haber visto criaturas inhumanas en Vermont. Akeley describe huellas imposibles, voces extrañas en fonógrafos, piedras negras con jeroglíficos y seres alados del espacio.
Este capítulo cambia la trama: la escepticismo de Wilmarth se tambalea ante las pruebas de Akeley. Comienza un intercambio epistolar que conecta el folclore de Nueva Inglaterra con los mitos cósmicos del Necronomicón, sugiriendo que el terror en Vermont es real.
🔹 ¿Qué encontrarás en este audiolibro?
• Narración profesional en español (voz humana, sin IA).
• Dramatización de personajes y atmósfera sonora inmersiva.
• Obra maestra del ciclo de los Mitos de Cthulhu.
• Terror cósmico con referencias a Yog-Sothoth, Nyarlathotep y Cthulhu.
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El susurrador en la oscuridad.
Un relato de H.P. Lovecraft, capítulo 2.
Como era natural, dadas las circunstancias, aquel animado debate acabó finalmente impreso en forma de cartas al Arkham Advertiser, algunas de las cuales fueron copiadas en la prensa de aquellas regiones de Vermont, de donde procedían las historias sobre la riada.
El Rutland Herald dedicó media página a extractos de cartas de ambos bandos, mientras que el Brattleboro Reformer reimprimió íntegramente uno de mis extensos resúmenes históricos y mitológicos, con algunos comentarios adicionales en la reflexiva columna de Penn Drifter, que apoyaban y aplaudían mis conclusiones escépticas.
Para la primavera de 1928 yo era casi una figura conocida en Vermont, a pesar de no haber puesto nunca un pie en el estado.
Entonces llegaron las cartas desafiantes de Henry Akeley, que me impresionaron tan profundamente y que me llevaron, por primera y última vez, a aquel fascinante reino de verdes precipicios y arroyos boscosos que murmuraban.
La mayor parte de lo que sé de Henry Wentworth Akeley lo reuní por correspondencia con sus vecinos y con su único hijo en California.
Después de mi experiencia en su solitaria casa de campo, descubrí que era el último representante en su tierra natal de una larga estirpe localmente distinguida de juristas, administradores y caballeros agricultores.
En él, sin embargo, la familia había derivado mentalmente de los asuntos prácticos hacia la erudición pura.
De modo que había sido un notable estudiante de matemáticas, astronomía, biología, antropología y folclore en la Universidad de Vermont.
Nunca antes había oído hablar de él y no daba muchos detalles autobiográficos en sus comunicaciones, pero desde el primer momento vi que era un hombre de carácter, educación e inteligencia, aunque un recluso con muy poca sofisticación mundana.
A pesar de lo increíble de lo que afirmaba, no pude evitar tomar a Akeley más en serio que a ninguno de los otros que habían desafiado mis opiniones.
Por un lado, él estaba realmente cerca de los fenómenos reales, visibles y tangibles, sobre los que especulaba de modo tan grotesco.
Y por otro, estaba asombrosamente dispuesto a dejar sus conclusiones en un estado tentativo, como un verdadero hombre de ciencia.
No defendía preferencias personales y siempre se guiaba por lo que consideraba pruebas sólidas.
Por supuesto, empecé considerándolo equivocado, pero le concedí el mérito de estar equivocado inteligentemente.
Y en ningún momento imité a algunos de sus amigos, atribuyendo sus ideas y su temor a las solitarias colinas verdes a la locura.
Veía que había mucho en aquel hombre y sabía que lo que relataba debía de provenir de las circunstancias extrañas dignas de investigación, aunque tuviesen poco que ver con las fantásticas causas que él les atribuía.
Más adelante recibí de él ciertas pruebas materiales que situaron el asunto sobre una base algo distinta y desconcertantemente extraña.
No puedo hacer nada mejor que transcribir íntegramente, en la medida de lo posible, la larga carta con la que Ackley se presentó y que constituyó un hito tan importante en mi propia historia intelectual.
Ya no está en mi poder, pero mi memoria conserva casi cada palabra de su portentoso mensaje.
Y vuelvo a afirmar mi confianza en la cordura del hombre que la escribió.
Este es el texto.
Un texto que me llegó en la apretada y arcaica letra de alguien que, evidentemente, no se había metido en la lucha.


















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