
VAD01 LOS INICIOS. Vanguardia: El comienzo de un universo sin tragedia. José Ramón Hernández Correa

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Las vanguardias artísticas constructivistas del primer cuarto del siglo veinte quisieron romper con el arte tradicional y quitarle las emociones personales y el subjetivismo. Buscaron un arte objetivo y científico a partir de un vocabulario hecho con los elementos resultantes de la destrucción inicial. Quisieron crear un elementalismo de las formas basado en un código universal y eterno, estructuralista, que validara sus obras y que estuviera por encima de las diferencias entre los distintos grupos y las diferentes tendencias y países. Con ese elementalismo estructuralista pretendieron nada menos que construir un nuevo universo y un nuevo ser humano salvado de la tragedia.
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Bienvenidos.
Hoy nos metemos de lleno en un artículo que da que pensar.
Es de José Ramón Hernández Correa, publicado en VAD, Véredes, Arquitectura y Divulgación.
Se titula, Vanguardia, el comienzo de un universo sin tragedia.
Y bueno, la idea es desgranar un poco esa visión tan potente de las vanguardias constructivistas de principios del siglo XX.
Eso es.
El artículo, la verdad, va directo al grano.
Analiza cómo estos movimientos querían romper con todo lo anterior, con el arte tradicional.
Y el objetivo era muy ambicioso, crear un arte objetivo, casi científico, ¿sabes? Basado en formas puras, elementales.
Buscaban construir no solo un lenguaje visual nuevo, sino, ojo, un mundo nuevo y un ser humano nuevo, liberados de la subjetividad y de lo que ellos veían como la tragedia del individuo.
Es que es una idea fortísima de partida, ¿eh? Borrar la emoción personal del arte.
Pero, a ver, ¿de verdad creían posible llegar a esa objetividad total, un arte universal? Totalmente.
Estaban convencidos.
Buscaban un código.
Pues eso, eterno, universal, aplicable por todos y para todos.
El autor lo relacione, y tiene sentido, con una especie de estructuralismo visual.
Creían en reglas universales, ¿sabes?, que estaban ahí, debajo de todo.
Figuras clave, como El Lissitzky, por ejemplo, un pionero del constructivismo ruso, pues hablaba claramente de crear un vocabulario básico elemental, para la arquitectura, sobre todo.
La meta final era superar el expresionismo, esa angustia individual, a través de leyes fijas compartidas.
Un código.
Claro, y ahí es donde encaja el concepto de elementalismo que menciona el artículo.
Me parece clave.
La idea de desmontar el objeto, reducirlo a sus componentes básicos, líneas, planos, colores primarios, y luego, con esos átomos visuales, construir un entorno nuevo.
Cita a Teo van Doesburg, que era una figura central de De Stijl, diciendo algo, bueno, demoledor.
La palabra arte ya no significa nada para nosotros.
Ay, es nada.
Exigimos la construcción en nuestro entorno de acuerdo con leyes creativas derivadas de principios bien definidos.
O sea, querían ser como ingenieros de la realidad.
Exacto, exacto.
Ese código, esos principios definidos, son el núcleo de todo.
El autor lo conecta, como decíamos, con el estructuralismo.
Esa corriente que buscaba las estructuras profundas universales bajo la diversidad de las lenguas, las culturas.
Pues las vanguardias, tanto De Stijl en Holanda como los constructivistas en Rusia, estaban seguras de haber encontrado esa gramática universal para lo visual.
Para el arte, la arquitectura, pensaban que una vez que tuvieras ese código formal, la creación artística ya no sería algo subjetivo, ¿sabes? Sería casi automática, objetiva, universalmente válida.
¿Una receta para un mundo ordenado? Pues sí, algo así.
Y es curioso como el artículo, citando a Nadokov, encuentra puntos en común entre movimientos que, a primera vista, parecen muy distintos.
Como el Dada, que iba más a la destrucción, al absurdo.
Y el constructivismo, obsesionado con la construcción racional.
Pero parece que a principios de los años 20, ambos compartían esa ansia por meter un nuevo arte, uno radical, en la vida de la gente.
Es una convergencia muy interesante, sí.
A pesar de usar métodos distintos, esa ambición por encontrar algo nuevo, algo fundamental, les llevó a los dos, como señala Mart-Jean Fyss, a lo que él llama el retorno al lenguaje.
El arte abstracto se vuelve autorreferencial.
O sea, el color plano es color.
No representa otra cosa.
La línea es línea.
No hay imitación.
Claro.
Y todo es claro.
La arquitectura se convierte en el campo perfecto, el lienzo ideal para desplegar este nuevo lenguaje objetivo, para construir materialmente ese universo racional que soñaban.
Dentro de la Unión Soviética misma, el texto menciona debates muy interesantes.
Por ejemplo, los de Asnova, que buscaban un formalismo casi psicotécnico, ¿no? ¿Cómo las formas puras afectan a la mente? Frente a Ossa, que estaban más centrados en una estética ingenieril, más funcional.
Pero fíjate, ambos grupos compartían esa fe ciega en que se podía diseñar un entorno humano mejor usando principios formales, objetivos.
Entonces, la conclusión del autor, resumiendo mucho, es que, a pesar de sus diferencias y sus debates internos, todas estas vanguardias compartían una meta, bueno, gigantesca.
Refundar el arte desde cero, desde sus elementos más básicos, buscando una objetividad casi antisentimental.
Y el objetivo final era esa utopía, construir un universo y un ser humano a salvo de la tragedia individual.
Precisamente.



















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