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VAD04 LOS SECUNDARIOS. Expresionismo en la obra de Juan Daniel Fullaondo, 1961-1994. José Ramon Hernández Correa

VAD04 LOS SECUNDARIOS. Expresionismo en la obra de Juan Daniel Fullaondo, 1961-1994. José Ramon Hernández Correa

8/20/2025 · 06:45
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Este artículo trata de interpretar la obra arquitectónica de Juan Daniel Fullaondo, tan poco atendida y divulgada, y de señalar su indudable interés y su valor. Al hacerlo, muestra también su disconformidad con el propio Fullaondo, que ya se veía a una edad muy temprana cerrando el ciclo vital antiexpresivo y antitrágico según el conocido esquema de Jorge Oteiza.

Señalamos, por el contrario, que Fullaondo siempre fue expresionista, lo que, por una parte, lo deja sumido para siempre en una tarea sin resolver, pero por otra lo muestra como un luchador tenaz, con un espíritu anclado a una cultura vigorosa que lo movió a crear sin descanso sin cerrar una trayectoria coherente, sino múltiple y renacida.

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Hoy nos sumergimos en la figura de un arquitecto. Juan Daniel Fulla Hondo. Su obra construida a veces queda un poco eclipsada, ¿no? Por su enorme influencia como editor, crítico, profesor… Efectivamente. Y, para analizarla, nos basamos en un artículo muy interesante de José Ramón Hernández Correa, publicado en BAD, Veredes.

Eso es.

El artículo se mete de lleno en su arquitectura, la del 61 al 94, y plantea algo, bueno, bastante potente.

Exactamente.

Pues que, a pesar de lo que el propio Fulla Hondo llegó a afirmar, su trabajo mantuvo siempre una esencia, una raíz muy expresionista. Y el objetivo es claro, valorar esa obra construida, que a veces no ha circulado tanto.

O sea, una interpretación que choca frontalmente con cómo él se veía a sí mismo, ¿no? Y con toda la teoría de las fases de Oteiza que él mismo ayudó tanto a difundir. Interesante.

Pues vamos a ello.

Ya podríamos empezar por ahí, por esa relativa invisibilidad de su obra construida. Llama la atención.

Sí, el artículo menciona testimonios que hablan de malditismo, creo, de Ángel Urrutia, o de incomprensión.

Exacto. Y eso que empezó fuerte, ¿eh? Con obras notables desde joven, colaborando con figuras como Sáenz de Oiza. Pero parece que sí que quedó un poco al margen de ciertas publicaciones clave. No tuvo suerte en concursos importantes.

¿Y fue algo voluntario? ¿O más bien impuesto? El texto sugiere que fue una mezcla. A ver, su carácter, dicen, y su estilo, descrito como insólito, incluso barroco, fragmentado, delirante… pues quizá no se lo pusieron fácil.

Claro.

Y a Claude Parrent decía en los 70 que la sociedad mantenía como en reserva a arquitectos así, diferentes.

Pero es importante lo que señalas. Él se veía, ante todo, como arquitecto en ejercicio.

Quería construir.

Totalmente. Y ahí conectamos con el núcleo del análisis. El expresionismo.

Vale.

Funondo reconoció una primera fase suya muy expresionista. Hasta el 66, más o menos.

Ahí tenemos proyectos como el Panteón Familiar Errazo en Derío, ¿no? Esa forma piramidal, casi obsesiva.

O el proyecto para la Ópera de Madrid, que se describió como una explosión de lava.

Pura fuerza plástica, emoción directa. Eso es el expresionismo en arquitectura, ¿no? A veces con distorsión formal.

Pero él afirmó haber superado esa etapa. Dijo que, influido por Teiza… El gran escultor vasco, sí.

Y su teoría de las fases del arte, él buscaba ya otra cosa. Una etapa más serena. La segunda fase de Oteiza.

La del vaciamiento, el silencio, la quietud. Sí, Funondo afirmó buscar eso en su arquitectura posterior. Superar la tragedia expresionista inicial.

Pero aquí viene el giro del artículo.

Exacto. Hernández Correa argumenta justo lo contrario. Dice, un momento, que ese expresionismo, esa carga emocional, en realidad nunca desapareció.

¿De verdad? ¿Ni en obras posteriores? Pues eso defiende. Mira obras como los Institutos de Churdinaga, hechos con Líbano, o la Plaza Escurdi en Durango, con Olavarría, si hay más control geométrico, ¿vale? Más orden, aparentemente.

Pero conservan, dice el artículo, la potencia del gesto. Una tensión interna apenas soterrada.

Siguen siendo obras desgarradas, muy conectadas al autobiográfico, a la comunicación.

O sea, características de la primera fase de Oteiza, la de la expresión a tope, no de la segunda silenciosa que él decía perseguir.

Justo eso. No encaja con esa segunda fase, silenciosa y vacía. Incluso una obra tardía, como el Palacio de Congresos de Granada, ya con María Jesús Muñoz.

Sí, de los 80.

Pues se describe como compleja, imprevisible, llena de ecos, de referencias personales y culturales. Nada de silencio ni vacío ahí.

Entonces, ¿qué papel juega su cultura en todo esto? Porque era hombre cultísimo.

Fundamental. El artículo lo recalca. Cita una referencia del propio Fuyaondo a Ortega y Gasset. La cultura como un movimiento notatorio para no hundirse en la existencia.

¡Qué buena imagen! Y parece que su arquitectura nacía directamente de ahí, de esa indagación cultural y biográfica constante. Íñiguez de Onzoño hablaba de su complexión cultural como motor creativo.

Vale, la cultura como motor.

Sí, pero Hernández Correa le da una vuelta de tuerca muy interesante, incluso polémica.

Sugiere que quizá, precisamente esa lucidez cultural, esa necesidad de conectar, de referenciar, de expresarse a través de la cultura… Le impidió alcanzar esa segunda fase.

Eso plantea, como si esa misma riqueza cultural le hubiera impedido llegar al vaciamiento, a la paz de la segunda fase oteisiana. Manteniéndolo, digamos, en una lucha expresiva constante.

O sea, que su gran fortaleza, su cultura, fuera a la vez lo que le ancló a esa segunda fase.

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