
VAD04 LOS SECUNDARIOS. Severino González Fernández, un desconocido.Clara González Gil - Ana González Gil- Antonio Pernas

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Severino González Fernández, arquitecto (Benavente, 1936 – A Coruña, 1985). Funcionario del MOPU, profesor en la época inicial de la ETSAC y profesional liberal. Desarrolla su obra en Madrid y Galicia, donde creció y a la que vuelve después de haber terminado la carrera en 1966. Clientes importantes como la Fundación Gil Gayarre, Telefónica, Balcarsa, promotores y muchos particulares, le permiten desarrollar una obra innovadora libre de prejuicios, sin seguir una escuela determinada o a un maestro señalado. De actitud inquieta, Severino fue un espíritu libre en constante evolución. Así le definen sus colegas, así vivió él su vida y su arquitectura, pensada para el cliente y pensada para ser vivida. Funcional si, plástica, también. Fallece repentinamente en enero de 1985. Aún le quedaba mucho por hacer, pero no le dio tiempo. Su legado construido le refleja profesionalmente, su gran legado humano lo recuerdan sus amigos y compañeros. Dicen estos que de ninguna manera era un secundario, en todo caso un desconocido.
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Iniciamos hoy un análisis centrado en un artículo de crítica arquitectónica que rescata del olvido a una figura interesante, Severino González Fernández.
El texto nos propone redescubrir a este arquitecto, su obra, y se pregunta un poco por qué no es más conocido. Vamos a explorar los argumentos principales.
Exacto. El artículo argumenta que la historia tiende a enfocarse siempre en los mismos nombres y deja en la sombra a arquitectos como González Fernández. Y su trayectoria, sin embargo, aporta perspectivas muy valiosas. Es una invitación, yo creo, a cuestionar un poco ese canon establecido. El artículo lo describe como un espíritu libre.
Se formó en Madrid, terminó la carrera en 1966, una época con figuras muy influyentes, claro, como Fernández Alba o de la Sota, que eran referentes importantes en la escuela. Pero él, según se narra, mantuvo una independencia notable respecto a estas corrientes dominantes. Colaboró con ellos, sí, pero siguió su propio camino, digamos. Su amigo, Genaro Cristos, ya anticipaba su valía. Decía algo como, será bueno, es bueno.
Y esa independencia es un punto clave que resalta el artículo, ¿sí? Sugiere que González Fernández, bueno, absorbía influencias variadas. Por ejemplo, el organicismo de Alba, esa idea de que la arquitectura debe integrarse y crecer casi como un organismo vivo, ¿no? O el rigor constructivo y el gusto por el detalle de de la Sota. Pero siempre las filtraba a través de una visión muy personal. O sea, buscaba su propia voz. Una faceta fundamental que el artículo pone mucho de relieve es su dedicación a la arquitectura para personas con discapacidad intelectual.
Parece que esto estuvo muy conectado con su vida personal, a través de su suegra, Carmen Gallarre, que fue una figura pionera en la educación especial aquí en España. Incluso viajó a Dinamarca para estudiar centros especializados, fíjate. Esa conexión entre lo personal y lo profesional se materializa en proyectos muy significativos. El artículo destaca el Centro de Enseñanza Especial de Pozuelo de Alarcón, de 1968. Lo hizo junto a Salvador Gallarre, padre e hijo. Es un ejemplo temprano y muy potente de este enfoque suyo. Sí, el texto recupera una descripción de la época sobre ese centro de Pozuelo, que nos da una idea de cómo se recibió entonces.
Decía algo así, a ver, como que el edificio seguía las últimas directrices en materia de construcciones escolares y de rehabilitación, y que empleaba el hormigón visto para dotar al conjunto de formas vigorosas y de unas ciertas características de dinamismo y energía. Lo interesante de esa descripción es la dualidad que presenta. Por un lado, la respuesta a necesidades funcionales muy específicas, claro, de la educación especial. Y por otro lado, una voluntad de expresión arquitectórica fuerte, con ese uso del hormigón visto, un material que entonces estaba muy en boga, pero que él utiliza con carácter propio, buscando precisamente esas formas vigorosas.
O sea, no es una arquitectura meramente utilitaria. Claro, y esa sensibilidad hacia el usuario y el propósito del edificio, combinada con una búsqueda plástica, una búsqueda de forma, parece que continúa en su obra posterior, ya cuando se asienta en Galicia. El artículo menciona el centro Lamastele, en Oleiros, en La Coruña, y subraya cómo en sus proyectos conviven el respeto al entorno, el manejo de la luz, la flexibilidad espacial, las formas orgánicas y un uso muy personal del color.
Incluso hablan de un verde severino. Sí, el texto insiste mucho en esa conexión. Él construía para alguien, la arquitectura como servicio, pero sin renunciar a la calidad espacial y estética. También se apuntan otros detalles curiosos, como ciertos diálogos conceptuales con el entorno, guiños podríamos decir. Sí, como el juego de escaleras en la torre de Telefónica del Montiño, que parece mirar de reojo a la histórica Torre de Hércules en La Coruña. O las cubiertas singulares del taller de joyería Valcarsa.
Pequeños gestos que, según el artículo, revelan una mente atenta y con cierto sentido del humor. Calidad constructiva, sentimiento en el diseño y una clara plasticidad formal. Esas serían, según el análisis del artículo, las claves para entender el valor de su legado construido. Un legado que además parece ir de la mano de un grato recuerdo personal en quienes lo trataron, que también es importante.
Al final, el artículo nos deja con una reflexión importante, citando a otro arquitecto gallego, Manolo Gallego. Dice no hay arquitectos primarios o secundarios, hay arquitectos conocidos o desconocidos, y Severino era un desconocido. Es una crítica directa a cómo a veces se simplifica la historia, ¿verdad? Totalmente, y plantea una pregunta muy pertinente. ¿Cuántos otros Severinos hay por ahí? Arquitectos cuya obra valía más de un millón de dólares.



















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