
VAD05 LAS OPORTUNIDADES.Desvelando el potencial de lo ya conocido: Comedor y salón de actos del colegio Gowan y Stirling

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Durante todo el año 1935, Wells Coates trabajó en el proyecto y la construcción de una casa estudio para si mismo, reformando un antiguo estudio de artista en el 18 de Yeoman’s Row, Londres. Era un momento muy delicado de su vida y un espacio mínimo, un verdadero reto personal.
Consiguió realizar uno de los más brillantes ejercicios de optimización espacial de su tiempo. Condensó en menos de 60m2 su trayectoria hasta aquel momento con especial intensidad, desde su raíz industrial, la experimentación con nuevos materiales y formas, y el ajuste dimensional, hasta su afinada sensibilidad emocional, formada en la tradición oriental. Además, Coates encontró en aquel espacio reducido pero de notable altura la ocasión perfecta para poner a prueba el sistema de organización espacial en sección que estaba empezando a desarrollar, y que se ha convertido con el tiempo en su aportación más trascendente a la arquitectura moderna inglesa.
URL: https://veredes.es/vad/index.php/vad/article/view/VAD5-Las-oportunidades-Wells-Coates-studio-apartment-in-Yeoman-R
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Bienvenidas y bienvenidos.
Hoy ponemos el foco en una obra de arquitectura que quizá no resuene tanto como otras, pero que tiene claves fascinantes.
Es el pabellón del comedor y salón de actos del Colegio Brunswick, diseñado por James Gowan y James Stirling, allá entre 1956 y 1963.
Para entender bien su importancia, nos vamos a apoyar en un artículo de investigación muy minucioso de Javier Mosquera González, que se publicó en la revista VAD, Veredes, Arquitectura y Divulgación.
Nuestra idea hoy es desgranar un poco ese análisis y descubrir por qué esta pieza, que parece relativamente discreta, es tan reveladora.
Reveladora sobre la forma de pensar y de proyectar de estos dos arquitectos británicos que fueron tan influyentes.
¿Nos sumergimos? Exacto, el análisis de Mosquera sitúa esta obra en un momento muy concreto, crucial.
La colaboración entre Gowan y Stirling, justo en esos años, 1956 al 63, fue una época en la que buscaban, de forma activa, una vía alternativa a lo que ellos veían como una cierta deriva, un poco deshumanizada, quizá, o demasiado formularia del movimiento moderno tardío.
Su propuesta, y esto es central en el artículo que comentamos, no era de ruptura total, era más bien de inclusión.
No es que rechazaran los principios modernos, pero sí buscaron enriquecerlos.
Y lo hicieron mirando hacia la arquitectura popular inglesa, tanto la industrial como la doméstica.
El pabellón de Brunswick es como un concentrado en muchas de las estrategias que exploraron juntos, una demostración de su metodología, una metodología basada en lo que el artículo llama órdenes compatibles, que no se excluyen, razón e intuición, modernidad y tradición, lo local y lo universal, podríamos decir.
Qué interesante punto de partida.
El análisis se estructura en tres ejes, ¿verdad? Podríamos empezar por el primero, la relación del edificio con su entorno.
El texto de Mosquera usa una imagen muy potente, dice algo así como una fortaleza permeable.
Suena un poco a contradicción, ¿no? ¿Cómo se materializa eso? Pues sí, suena contradictorio, pero es una descripción muy acertada de la estrategia que siguieron.
Por un lado, el edificio se asienta sobre una topografía artificial.
La crearon con taludes de tierra vegetal.
Estos taludes lo que hacen es elevarlo físicamente del nivel de la calle y, de paso, lo aíslan visualmente del enterno residencial victoriano que lo rodea, que era bastante denso.
Es casi como si crearan un nuevo territorio propio para el pabellón.
Esta idea de moldear el terreno, pues, tiene ecos de la tradición paisajística pintoresquista inglesa.
Esa concepción del paisaje casi como si fuera una pintura, ¿no? Una escena compuesta con cuidado, aunque aquí, claro, a una escala más modesta y con otros fines.
Vale, esa es la parte de fortaleza. ¿Y la permeable? Esta fortaleza no es hermética.
Esa masa verde, esos taludes, están deliberadamente rasgados, digamos, por accesos en cada uno de sus lados.
El artículo habla de estas entradas como grietas en las trincheras.
Son como pasajes definidos por muros de ladrillo que contienen la tierra.
El acceso principal, por ejemplo, se orienta hacia el edificio escolar que ya existía, estableciendo un diálogo.
Y luego hay otros accesos, más secundarios, que dan servicio a la cocina o conectan con otras zonas.
Entiendo.
Así que hay una tensión deliberada.
El edificio se protege, se eleva, pero a la vez se abre de forma selectiva y se deja entrever.
Incluso los grandes lucernarios inclinados que sobresalen por encima de los taludes, pues, también contribuyen a esta sensación, ¿no? Captan luces de arriba y anuncian que el edificio está ahí, pero sin exponerlo del todo.
¡Ah, qué interesante! O sea que te atrae con esa imagen potente, un poco enigmática desde lejos, pero luego te va como filtrando hacia adentro por esas incisiones muy controladas.
Es un juego de opuestos desde la misma implantación.
No es simplemente cerrarse o abrirse, sino como ambas cosas a la vez.
Precisamente, tal cual.
Es una estrategia de implantación muy meditada que ya nos anticipa esa lógica de compatibilizar contrarios que luego veremos en otros aspectos del proyecto.
Fascinante.
Bueno, pasemos entonces al segundo eje del análisis, la geometría y la organización funcional.
El artículo menciona que Gawain y Stirling parten de una figura básica, el cuadrado, pero que la cosa no es tan simple, ¿no? ¿Cómo funciona esa geometría en el interior? Porque, claro, uno piensa en un cuadrado y quizá piensa en rigidez.
Es cierto que usan el cuadrado como punto de partida.
Era una figura geométrica arquetípica que les interesaba explorar, sí, pero nunca de una forma dogmática.
El cuadrado es un cuadrado.



















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