
Wood'stown, de Alphonse Daudet, una fantasía ecologista

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A veces, la casa de la bruja no duerme del todo. Entre sus paredes quedan ecos de historias pequeñas. Acompáñame y escucha este susurro. Los cuentos de la casa de la bruja presentan Woodstown, de Alfonso Dett, narrado por Juan Carlos Albarracín. El emplazamiento era magnífico para fundar una ciudad. Bastaba con despejar las orillas del río derribando una parte de la selva, aquella selva virgen e inmensa que allí estaba enraizada desde el nacimiento del mundo. Protegida en todo su contorno por colinas cubiertas de bosques, la ciudad descendería hasta los muelles de un puerto espléndido, abierto en la desembocadura del río Rojo a unos seis kilómetros del mar. Tan pronto como el gobierno de Washington concedió la concesión, carpinteros y leñadores se pusieron manos a la obra. Pero jamás se había visto una selva semejante.
Aferrada al suelo con todas sus lianas y raíces, cuando se la abatía por un extremo, renacía por otro, rejuvenecida de sus heridas. Cada golpe de hacha hacía brotar nuevos retoños verdes. Apenas se trazaban las calles y las plazas de la futura ciudad, la vegetación volvía a invadirlas. Los muros crecían más despacio que los árboles y, apenas alzados, se derrumbaban bajo el empuje de unas raíces siempre vivas. Para vencer esta resistencia que embotaba el hierro de hachas y azuelas, no hubo más remedio que recurrir al fuego. Día y noche, un humo sofocante llenó la espesura, mientras los grandes árboles ardían como cirios encendidos. La selva trató aún de resistir, retardando el incendio con torrentes de savia y con la frescura sin aire de su apretado follaje. Al fin llegó el invierno. La nieve cayó como una segunda muerte sobre aquellos extensos parajes cubiertos de troncos ennegrecidos y raíces calcinadas. Desde entonces ya se podía edificar.
Muy pronto, una ciudad inmensa, toda de madera como Chicago, se extendió a orillas del río Rojo, con sus amplias calles alineadas y numeradas que irradiaban desde las plazas, con su bolsa, sus mercados, sus iglesias, sus escuelas y todo un aparato marítimo de tinglados, aduanas, muelles, almacenes y astilleros para la construcción naval. La ciudad de madera, llamada Woodstown, fue pronto poblada por los habitantes pioneros de las urbes nuevas. Una febril actividad circuló por todos sus barrios, pero en las colinas circundantes, dominando las calles atestadas y el puerto abarrotado de navíos, se desplegaba en semicírculo una masa sombría y amenazadora. Era la selva que observaba. Contemplaba aquella ciudad insolente que le había arrebatado su lugar junto al río, arrancándole casi cinco kilómetros de árboles gigantescos. Todo Woodstown estaba hecho de su propia vida. Los altos mástiles que se mecían en el puerto, los incontables techos inclinados unos hacia otros, hasta la última cabaña del arrabal más lejano.
Todo lo había dado ella, incluso los instrumentos de trabajo y los muebles, dosificando sus dones según la medida de sus ramas, con cuánto terrible rencor conservaba memoria de aquella ciudad de saqueadores. Mientras duró el invierno, nada se advirtió. Los habitantes de Woodstown oían a veces un crujido sordo en las techumbres o en sus muebles. De cuando en cuando una pared se agrietaba o un mostrador se rompía ruidosamente en dos. Pero la madera nueva es propensa a tales accidentes y nadie le daba mayor importancia. Sin embargo, al acercarse la primavera, una primavera súbita, violenta, tan rebosante de savia que se percibía bajo tierra como un murmullo de fuentes, el suelo comenzó a agitarse, como si fuerzas invisibles y activas lo levantaran. En cada casa, los muebles y los tabiques se hinchaban y se veían en los pisos largas abolladuras como si hubiesen pasado topos.




















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